Mayo 2008 en Palo Blanco

            ¡Lo logramos! Con tenacidad, esfuerzo y muchos amigos que colaboraron, llenamos un semirremolque de 14 metros de largo con muebles, ropa, remedios, computadoras, artículos electrónicos, libros, bicicletas, juguetes, y un montón de otras cosas. Es el segundo camión de este porte que despachamos a Catamarca ¡en 10 meses! El trabajo de muchas semanas rindió sus frutos y el 29 de mayo, a pesar de los cortes de ruta, de la escasez de gasoil en el interior y de innumerables problemas, entrada la noche llegó el camión a Palo Blanco. 

                      
 
     

          La emoción fue enorme y nadie podía creer lo que veía: semejante vehículo recorriendo las calles de tierra y sin luces de alumbrado público, lleno de muebles, bolsas, cajas, con dos camillas coronando la carga y dos bicicletas asomando por los laterales. En una hora y media y a pesar del frío penetrante, los vecinos de San Lorenzo, de la cuadra del comedor, bajaron la enorme carga y la fueron acomodando en la casa de Elba y Ramón Reales.

        Allí es donde funciona el comedor escolar cuando hay partida de dinero para comprar alimentos. Para los chicos fue una fiesta y los grandes seguían sin comprender cómo era posible que una donación de semejante porte y llegada desde tan lejos pudiera estar descargándose allí, en su barrio.
   
        

       

           
        Cuando llegó el camión ya hacía cuatro días que con Mónica estábamos recorriendo los pueblos de La Herradura, parando en Palo Blanco gracias a la hospitalidad que nos brindaron Elba y Don Ramón. Esa recorrida era la que nos permitía ahora poder distribuir las donaciones en base al mapa de necesidades que habíamos relevado, especialmente en lo referente a muebles y útiles escolares.

            El objetivo del viaje había sido precisamente relevar los pueblos, conversar con los maestros, los delegados municipales, los vecinos y ver de qué otra manera se los podía ayudar, porque nuestra visión de sus necesidades, desde Buenos Aires, era limitada. Y los viajes anteriores (cinco para mí en 14 meses) habían sido muy cortos como para tener ese conocimiento profundo de la zona. Ahora la geografía ya no nos era ajena, conocíamos los caminos y los tiempos que se requiere para andarlos, y fundamentalmente, conocíamos pobladores en varios de los pueblos, con lo que el diálogo era muy diferente al de la primera vez que habíamos pasado por La Herradura.


     
Alumnos de Chuquisaca

      Las maestras de Mesada de Zárate

      La escuela de Antinaco

      En La Ciénaga

      Maestros y alumnos de la escuela de Las Papas

            Bruno Sínche, nuestro contacto en Palo Blanco y el joven que maneja el comedor del barrio San Lorenzo, en marzo nos había pedido computadoras. Quería darles algunas horas de entrenamiento a los chicos más grandes del comedor. Pero la sorpresa fue que al correrse la novedad de que llegarían computadoras a Palo Blanco, fue una veintena de adultos los que se acercaron para tener la posibilidad de la capacitación.

            Ahora fue Bruno el que nos sorprendió. Dos días después de nuestra llegada nos dijo que, con todas las computadoras que estaban por desembarcar, más los libros, videos, y demás, el sábado de esa semana se inauguraría un centro de capacitación en el barrio. Y que íbamos a invitar a las autoridades y las fuerzas vivas del distrito.

            Tuve la sensación de estar suspendida en el aire. No íbamos en plan de inaugurar nada, y nuestro viaje había sido planificado como una recorrida de bajo perfil para recabar información sobre las necesidades de los pueblos y ver qué más podíamos hacer desde Buenos Aires. La idea ahora de inaugurar una institución, en un pueblo que muchas no tenía, un lugar para capacitar, sonaba a un acto fundacional. Y más aún cuando lo asocié a que... estábamos en la semana de mayo. Lo sentí así y fue una emoción muy fuerte para mí pensar que nuestro trabajo de hormiga en Buenos Aires, reuniendo las donaciones, preparando las cajas en general a altas horas de la noche, organizando los envíos, restándole descanso diariamente a nuestras vidas, ahora estaba dando pie a una institución. Y que si los paloblanqueños querían, ese hoy pequeñísimo centro de reunión podía ser un semillero de capacitación en muchas áreas.

            Yo no podía creer que aquella primera computadora que había donado Rick, ahora se convertía en el punto de partida para una institución.

            Así fue que empezamos a soñar. Había que buscarle un nombre al centro. ¡Y había que hacer un cartel enorme para poner en el lugar! (cedido por otro de los vecinos, Don Lázaro Reales, a unas puertas del comedor). De esa forma, el martes 27 de mayo, entre mate y mate, empezamos a desgranar nombres. Así nació el Centro de Capacitación Puentes de Esperanza. "Puentes" porque tanto Mónica como mi esposo y yo nos consideramos puentes entre quienes dan en Buenos Aires y quienes reciben en Catamarca, y para Bruno, esos puentes generaban esperanza allá en Palo Blanco, esperanza de un futuro mejor, de poder vivir mejor.

            Elizabeth y Graciela pusieron manos a la obra y entre viernes y sábado armaron el cartel para colocar en el frente de la casa. Es curioso... es uno de los pocos carteles del pueblo. Sólo las escuelas tienen el nombre visible. Ni los edificios de la delegación municipal, ni el minihospital, ni la radio indican qué entidad albergan.


       

                  

           
            El viernes también un ramillete de mujeres se puso a preparar empanadas, y la inauguración del Centro comenzó a cobrar aire de festejo. Estaba invitado el intendente de Fiambalá, Don Amado Quintar, su gabinete, el delegado de Palo Blanco, y por supuesto les habíamos avisado a los maestros de los pueblos que visitamos.

            El sábado 31 amaneció tan frío como los otros días. Apenas al sol se aguantaba la baja temperatura, y con muchísima ropa encima. Las mujeres comenzaron bien temprano con la segunda tanda de empanadas. Fueron 10 kilos de harina... que dieron por resultado un millar de empanadas. A eso se agregó un asado.

           

  

 El cielo azulísimo y despejado, las bajas temperaturas y el ambiente de fiesta del pueblo nos daban sensación de que en realidad, estábamos en un 25 de mayo.

            Cuando llegó el intendente con su gabinete le mostramos lo que habíamos traído para repartir en la zona. Y nadie podía creer el volumen. Ahí estaban las 30 bolsas de cemento para repartir entre el patio de La Ciénaga y alguna obra adicional (donadas por Casa Armando), el tanque para la posta de La Ciénaga (aportado por Premoldeados Huracán), la bomba de agua para ese tanque (donada por un amigo del Suzuki Club), las decenas de muebles gigantescos y macizos que cedió la Autoridad Regulatoria Nuclear, las dos bicicletas de Osvaldo que se quedarían en Palo Blanco, las 40 cajas de suero donadas por el Laboratorio Rigecim, la radio VHF de Rick para La Ciénaga, las cajas de útiles escolares aportados por la ARN y particulares, los remedios, artículos electrónicos, la ropa de trabajo de Casa Beato y de Confecat, el centenar de cajas más las 50 y tantas bolsas de consorcio llenas de ropa y zapatos. 

            El Centro de Capacitación albergaba las siete computadoras, dos televisores, dos videos, varias impresoras más centenares de libros y unas 200 películas. Todo había sido ordenado prolijamente y los electrónicos conectados en una maratónica jornada de trabajo de los vecinos, comandados por Bruno.

           

                               

            Finalmente llegó la hora del acto. Y una vez más, Palo Blanco nos sorprendió a nosotras. El Municipio de Fiambalá nos homenajeaba y nos nombraba "ejemplos solidarios y humanísticos", y el intendente Quintar nos colmaba de elogios por la tarea realizada. Era la tercera vez en la semana que nos poníamos a llorar: habíamos llorado con la llegada del camión, con el regalo de las adolescentes del barrio y ahora esto para coronar nuestra semana.

Y con las lágrimas nacían más proyectos, y se potenciaban nuestras ganas de trabajar más y más por esa región tan desamparada de la Argentina, tan lejana para nosotros desde Buenos Aires.

           

          Había sido una semana mágica, irrepetible y muy difícil de describir, con emociones a flor de piel todo el tiempo. Con sueños convertidos en realidad antes de haber sido soñados... algo así como el realismo mágico de nuestras tierras. Ahora sí que después de todo esto... teníamos espacio para ponernos a soñar de verdad... ¡Catamarca nos espera!

              
           Elida Bustos y Mónica González en el camino a las termas de Las Papas, en construcción.


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